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XIII

He dejado mis penas por las ventanas de mi barrio y no me queda otra que elegir los caminos largos vacíos de oleros conocidos. Nos están ocupando las entrañas. Mis restos nos están corroyendo los calcetines. Esquivo  los fantasmas y siento que no puedas verlos. Siento dejarte a ciegas.

XIII

Estoy esperándolo en cada atardecer,  en cada mensaje, en cada parche donde até  con su nombre todas la palabras  que escribiste  y negaste, que escribiste y leí, que leí traicionándome. Estoy rompiéndome sobre roto y ahorrándome un viaje al camello. Que prisa la nuestra de querer llorarlo todo de golpe y caricia. Que prisa la nuestra.

Divisa tierra.

Me he permitido ser apatía andante por mis laberintos del odio. He dejado de estar descalza y de sentir el dolor del suelo al hundir mi peso en sus grietas y grietas tengo de sobra en las que hundirme. Me cuelo sin permiso de la coherencia en las habitaciones que cerré bajo llanto y el precio a pagar es desprenderme de todo lo que aprecio. Que no te inunden los mares del odio, desde allí, jamás se divisa tierra y quiero volver a estar descalza a sentir el dolor del suelo cuando le ponen nombre, cuando le ponen precio, cuando le ponen algo que no se llama respeto. Quiero salir del marco en la pared, de los retoques en el color, de la intersección de daltonismo y sinestesia, de los allanamientos  sentimentales. Que no te inunden los mares del odio, desde allí, jamás se divisa tierra y el precio a pagar son todos los utensilios necesarios para sobrevivir.

IX

Estaba reconstruyéndome pieza a pieza. Me limpié la planta de los pies,  y a la altura del tobillo choqué con la  imagen de tus pies fríos bajo el edredón.  -Lo ha desmontado todo-  Hay que volver a empezar.